Nuevamente, este pasado 8 de marzo, las mujeres salieron a marchar en distintas ciudades del país para que la sociedad las visibilice y recuerde sus demandas de equidad, justicia y derechos plenos.
En Monterrey, cerca de 20 mil mujeres marcharon exigiendo un alto a la violencia y al acoso que sufren miles de ellas de manera cotidiana.
Sobre todo, exigieron el cese a la violencia feminicida, el grado más alto de agresión que se ejerce contra una mujer por el hecho de serlo, por su sola condición femenina.
La mayor parte de la movilización fue pacífica; se gritaron consignas, se exigió respeto y se cuidaron unas a otras.
Sin embargo, en los puntos donde participaron los colectivos del «bloque negro», la violencia apareció de nuevo.
Se realizaron pintas en paredes y monumentos, se rompieron cristales y, al llegar al Palacio de Gobierno, intentaron derribar las vallas metálicas, arrojando objetos y encendiendo fuego frente a policías y rescatistas, mostrando así el lado más ríspido y oscuro de la conmemoración.
Se argumenta que esa violencia no es nada comparada con la que ellas sufren a diario; que es más importante la vida de una mujer que unos vidrios rotos; que deben mostrar su descontento de esa forma porque, si no se les respeta, ellas no tienen por qué respetar el entorno.
En el fondo, asiste la razón al reclamo, pero el intento de dañar a terceros no genera simpatía por la causa.
Desde hace años, las mujeres han conquistado cada uno de sus derechos con esfuerzo, unión y liderazgos comprometidos.
No se trata de que tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas; se trata de empoderarse para romper los techos de cristal.
Lo están logrando porque no están solas, muchos hombres estamos de su lado en esta lucha justa, porque tenemos madres, hermanas e hijas y no queremos que sufran violencia ni discriminación.
El reclamo es legítimo, pero la violencia no debe ser el camino.