La tarde olía a papel impreso.
En los pasillos de Cintermex, la multitud avanzaba entre libros, voces y promesas de historias por descubrir.
Hay domingos en que uno acude a una feria a buscar lecturas, sin imaginar que, a veces, son los libros quienes salen a nuestro encuentro.
Así me sucedió en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, cuando el azar me puso frente a Leonardo Padura.
Escribía con la mano izquierda y, al verlo, no pude evitar la broma: Tenía que ser zurdo.
El corazón también está a la izquierda, y las mejores historias se cuentan con el corazón.
Sonrió.
Tomó mi ejemplar de “El hombre que amaba a los perros” y escribió una dedicatoria que convirtió a un desconocido en cómplice de letras: “Para José Luis, de esas utopías que se perdieron”.
Platicamos apenas unos minutos, suficientes para compartir mi historia con La Habana, Cuba y aquellos años en que fui estudiante en la isla.
Le sorprendió saber que yo había caminado por las mismas calles que habitan sus personajes.
Coincidimos en algo esencial: la literatura está por encima de los dogmas y las ideologías; su oficio consiste, antes que nada, en contar historias.
Padura permanece en Mantilla, su barrio natal, porque allí están las raíces de su memoria, su gente y sus fantasmas.
En ese arraigo reside también su universalidad: contar el mundo sin renunciar a la tierra que lo hizo escritor.
El encuentro me devolvió al diálogo que había sostenido el día anterior con Benito Taibo, quien ahora presentaba “Sherlock en busca de Moby Dick”.
Benito no ofrecía una conferencia, sino una celebración de los libros y de su poder para salvarnos.
Contó cómo la enfermedad, durante su adolescencia, lo refugió en la lectura y cómo la historia de su familia, marcada por el exilio español y la Guerra Civil, había dejado una huella profunda en su vida.
Sin embargo, entre España y México no tenía dudas sobre su pertenencia: era mexicano.
Habló de Juan Rulfo, de Pedro Páramo y de Sherlock Holmes, hasta que la solemnidad cedió ante los placeres sencillos de la felicidad norteña: un refresco de manzana “Joya” y unos chicharrones de “La Ramos”.
El público, cómplice de su antojo, se los hizo llegar al escenario.
También de eso está hecha la literatura: de memoria, afectos y pequeñas alegrías.
La tarde todavía guardaba otro regalo…
Entre los estantes encontré a Antonio Ramos Revillas, a quien tenía muchas ganas de abrazar y felicitar.
Acababa de obtener el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos por “En silencio digo tu nombre”.
En Antonio reconocía al escritor y promotor cultural que ha hecho de los libros una forma de vida.
Me detuve un instante a contemplar mi fortuna.
En unas cuantas horas había coincidido con tres escritores de universos distintos: Padura, resistiendo desde la memoria de su isla; Benito, transformando las heridas en historias, y Antonio, cosechando los frutos de su pasión literaria.
Comprendí que los libros eran mucho más que una afición: eran puentes invisibles entre personas, ciudades y destinos.
Caminé hacia la salida.
Abrí nuevamente el ejemplar para releer la dedicatoria.
Parecía que algo había cambia o no había leído: “Para el personaje que aún no sabe que este libro no lo compró él, sino que lo estaba esperando a él. Nos vemos en La Habana, José Luis. Mario Conde ya te busca”





















