En sus obras, un altar de sacrificios.
26 en la línea 12.
24 en el Rébsamen.
13 en el Interoceánico.
300 mil en la pandemia del Covid.
Los escalones hacia el trono del Tlatoani se edificaron con huesos de sus víctimas.
Tal como los mexicas a los que veneran y los dioses prehispánicos a quienes adoran.
Los sacrificios son obligatorios.
Ante Quetzalcóatl se inclinan, a la serpiente rinden tributo… los letrados se burlan, pero ellos, los impulsores del retorno a los ritos ancestrales, lo toman muy en serio.
Dedicaron rituales a la Madre Tierra, obligaron a los Ministros de la Corte a doblar rodilla ante Quetzalcóatl.
La supercomputadora que almacenará todos nuestros datos personales se llamará Coatlicue… la de la falda de serpientes, deidad de la vida y de la muerte.
En cada obra y en cada estrategia, parecen contemplar los sacrificios, que de repente ya no parecen tan incidentales ni tan accidentales.
Son sacrificios de sus tributarios.
El Segundo Imperio Azteca entra en su apogeo.
Para usted quizá parezca broma.
Para ellos es asunto serio.