¿Cuándo llega realmente la oscuridad? ¿Cuándo cae la noche… o cuando alguien cierra los ojos para siempre?
Me lo pregunto mientras levanto la vista, buscando esa necia claridad que insiste incluso en las noches más hondas.
Hoy es 2 de abril y ahí está: la Luna llena, suspendida en el vacío como una lámpara antigua que se resiste a apagarse, como un corazón que no acepta morir.
Dicen que es de queso, que guarda un conejo en su piel, que gobierna las mareas y despierta al lobo dormido.
Historias que giran en la memoria, como las de mi abuelo Enrique, quien juraba —con esa certeza que solo dan los años— que el hombre nunca llegó a la Luna, que todo fue un truco brillante, una ilusión de cine de Hollywood.
Pero hoy la historia se escribe con otros nombres.
Apenas ayer, cuando la Luna comenzaba a llenarse, cuatro astronautas decidieron desafiar la gravedad.
Un viaje distinto: una mujer, un afroamericano, un canadiense, guiados por un capitán estadounidense que de niño vio en la televisión las primeras huellas humanas sobre ese polvo blanco.
Y no puedo evitar preguntarme: ¿vamos hacia el futuro… o regresamos al origen?
¿Buscamos respuestas en su lado oscuro o intentamos reconocernos en ella?
Tal vez la Luna no sea otra cosa que un fragmento de nosotros mismos, una herida antigua que aún brilla a la distancia.
Mientras ellos cruzan el cielo, aquí abajo también viajamos.
Este 2 de abril la vida celebra otra vuelta, pero al sol, para mi hermano Roberto.
Entre risas, abrazos y cervezas, volvemos a ser niños por un momento.
Hablamos de nuestros padres, que ahora habitan —me gusta pensarlo— en algún lugar cercano a esa luz.
Y entonces entendemos que el viaje más profundo no necesita cohetes: ocurre hacia adentro, en la memoria, en lo que aún nos sostiene vivos.
Al salir, fiel a mi costumbre, levanto la mirada.
Busco esa luz en la oscuridad. Porque más allá de todo, lo sé: somos polvo de estrellas.
Venimos de allá… y hacia allá regresamos. Y entonces recuerdo.
Horas antes estuve en un hospital.
Un amigo libra su última batalla, una de esas que no se ganan con fuerza, sino con dignidad.
Ahí el tiempo se vuelve espeso y las palabras sobran.
Me acerqué en silencio, agradeciendo lo que fuimos.
Cuando el alma ya está lista para partir, el cuerpo apenas es un eco.
Le di un beso en la mejilla, suave, como quien no quiere romper nada, y le susurré: —Buen viaje.
Porque él también está a punto de despegar. Hacia el cielo. Hacia las estrellas. Hacia esa misma Luna que esta noche nos abraza a todos.
Así es la vida: mientras unos celebramos el camino bajo el sol, otros sueltan amarras en silencio y se entregan, con ternura infinita, a la luz de su último viaje.