Había una serenidad que solo era interrumpida por el canto de los pájaros.
Eran notas que flotaban en el aire, comoentonando un ángelus invisible ante el silencio del mediodía.
Por un instante, mientras los escuchaba, pensé que quizás ese canto —tan frágil y libre— sería suficiente para derribar los enormes muros y las torres de vigilancia que custodian el penal de Cadereyta.
Al entrar, el sonido del mundo exterior se extingue.
Lo sustituye el eco metálico de las rejas que se abren y se cierran a nuestro paso, un ritmo que marca la frontera de lo prohibido.
Es una sensación extraña, que jamás había experimentado.
Tras varios filtros de revisión, descendimos por escaleras interminables, como si bajáramos no solo de nivel, sino de luz.
Un descenso hacia un concreto sin cielo.
Llegamos al auditorio, un mar de rostros donde aguardaban quinientas Personas Privadas de su Libertad (PPL).
Nos esperaban para celebrar un acto de fe en el futuro: la entrega de certificados del programa “Certificando para la Libertad”, del CONOCER que, bajo el ala de la SEP, busca que el conocimiento sea la llave que abra los candados del estigma.
En el presídium, las voces se tornaron maternales y motivadoras.
Nancy Rodarte Pérez, directora de la asociación Comparte M, habló con la autoridad que dan más de diez años de labrar la tierra de la reinserción social.
Luego, la Directora General del CONOCER, Guillermina Alvarado, tomó la palabra para recordarnos que el error no define al hombre.
Su mensaje fue claro: todos merecemos una segunda oportunidad, y este certificado no es solo un papel con validez oficial; es la herramienta para que, al cruzar la última reja, la sociedad los reciba no como exconvictos, sino como soldadores, carpinteros, administradores, e inclusive como emprendedores de sus propios negocios como fue ese día en que, se certificaban del EC1223: Desarrollo de Proyectos de Emprendimiento.
Nombres técnicos para sueños profundamente humanos.
Pero lo más profundo vino después, al recorrer las instalaciones.
En los talleres no vi solo internos; vi emprendedores soñando despiertos.
Vi a quien planea una taquería, a quien ha reescrito un libro hasta fundar su propia editorial, a futuros dueños de constructoras y creadores de marcas de café. Vi proyectos de vida que se gestan en el encierro para florecer en la libertad.
En un rincón del taller de artes, Guille se acercó a un hombre que pintaba un cuadro de colores luminosos.
En el lienzo, dos colibríes volaban hacia una luna que parecía brillar en pleno día.
Era una escena surrealista y hermosa.
Ella, conmovida por el contraste del colorido frente al gris de las celdas, le preguntó por el simbolismo de su obra, por qué pintar de esa manera.
El hombre levantó la vista del cuadro, pero no miró a la Directora.
Sus ojos siguieron a un pájaro que, en ese preciso momento, entraba por una ventana del taller.
Sin perderlo de vista, contestó con una voz que parecía venir de muy lejos: «Porque ellos entran y salen cuando quieren. Cantan, vuelan y son libres. Yo llevo más de veinte años aquí encerrado y mi única manera de volar y ser libre es pintándolos… pintando y esperando al tiempo, aunque para mi pase despacio».
La experiencia fue enriquecedora.
En un lugar donde se cumplen condenas y penas, también reside la experiencia del cambio.
La segunda oportunidad de la que hablaba Guillermina Alvarado es real cuando hay voluntad y herramientas.
Al final, el programa no solo certifica competencias laborales; certifica la esperanza de que, tarde o temprano, todos podemos recuperar nuestro propio vuelo.