El fútbol, como la vida, es una cuestión de ciclos que se encuentran en el momento exacto.
Hace una década, las montañas de Nuevo León recibieron a un jugador que venía de la Francia mediterránea, del Olympique de Marsella, a un Club legendario “Los Tigres”.
Las coincidencias de mi vida se juntan ya que ese mismo año llegaba mi hijo Gabriel, desde la Ciudad de México con apenas 3 años, yo regresaba con la familia a radicar de nuevo a la ciudad.
Fue una coincidencia mística: mientras Gignac aterrizaba para conquistar una ciudad polarizada entre el azul y blanco de Rayados y azul y oro de Tigres, Gabriel pisaba la tierra de sus ancestros, de su padre y de su abuelo, para sumergirse por primera vez en el aroma delcarbón y las carnes asadas y en el rugido de una afición que, con justa razón, se hace llamar «Los Incomparables».
Para mí, el fútbol es el hilo que une mis recuerdos con su presente.
Ese día, mientras caminábamos al estadio, le contaba a Gabriel que yo también fui un niño que soñaba en estas butacas durante los años 70, cuando me tocó ver los primeros campeonatos de los Tigres.
En mis ojos aún viven las fintas del «Patrulla » Barbadillo, la elegancia de Tomás Boy y la garra de un Batocletti.
Caminar hacia «El Volcán» junto a Gabriel fue cumplir con un rito religioso.
Los cánticos que hacen vibrar el pavimento, avanzábamos entre la marea humana.
Para él, este era un día sagrado: su primer Clásico Regiomontano en vivo.
El estadio, un hervidero de 43,000 almas, era el escenario de una paradoja visual: la juventud efervescente de mi hijo frente al ocaso una leyenda.
En la banca esperaba él.
Un Gignac de 40 años, con un sobrepeso evidente que delataba las mil batallas y el implacable paso del tiempo.
Pero en su mirada seguía ardiendo ese fuego que produce estar en “el Volcán”.
¿Qué hace que un hombre que ya es leyenda siga ahí, desafiando a la lógica? La respuesta estaba guardada para el final.
El partido agonizaba en un empate tenso, a cero goles.
Gignac entró apenas diez minutos, moviéndose con la parsimonia de quien conoce cada centímetro de ese césped.
Entonces, en el minuto 91, el tiempo se detuvo para que la historia se escribiera con letras de oro.
Un balón filtrado, un movimiento de espaldas que cargaba con una década de identidad regia, y un tiro que sacudió las redes y el alma de los Incomparables.
En ese instante, no vi solo al goleador; vi la alegría pura de Gabriel.
Nos fundimos en un abrazo apretado, uniendo la sangre con la pasión.
Mi hijo, aquel niño que llegó a Nuevo León a los 3 años al mismo tiempo que el francés, celebraba el gol del triunfo en el que quizás sea el último Clásico del «Bómboro».
«¡Gignac, Gignac!», gritaba Gabriel con la voz quebrada, comprendiendo que estaba presenciando historia viva, de esa que se cuenta de padres a hijos.
La celebración del gol fue un liturgia por parte de Gignac, exhausto pero radiante, comenzó una vuelta olímpica que se sintió como una despedida.
Fue de portería a portería, fundiéndose en un abrazo con otro histórico, Nahuel Guzmán, saludando a cada rincón del Volcán.
Verlo ahí, recorriendo el anillo del Volcán mientras los Incomparables coreaban su nombre, fue entender la circularidad de nuestra vida.
Yo le contaba a Gabriel de los héroes de los 70 que vi de niño, y hoy, él tiene al suyo: Gignac.