Hay una historia que se repite y parece no tener una respuesta del Estado mexicano: la inseguridad en las carreteras.
No hay excepción para ser una posible víctima de los asaltantes, igual en las zonas conflictivas de occidente que en la concurrida 57; esta última es la columna vertebral de las comunicaciones terrestres y une el centro del país con la frontera norte.
Muchas son las noticias de acontecimientos desagradables y que en ocasiones terminan en tragedias.
Las zonas de riesgo son conocidas por turistas, camioneros y habitantes de las regiones que cruza la arteria.
A los gobernadores les gusta responsabilizar a las autoridades federales, o cuando menos buscar pretextos competenciales para no actuar.
En realidad, muchos de los ilícitos son del fuero común y la apatía de las fiscalías locales los convierte en impunes.
Apenas la semana anterior, un grupo de trabajadores fue retenido por una banda delincuencial.
Se asegura que se trataba de una leva criminal y se pretendía sumarlos a una de tantas gavillas que asolan el territorio del país.
El incidente fue en las cercanías de Matehuala, San Luis Potosí, muy cerca de la frontera con Nuevo León.
En una buena parte de la 57 se suceden los crímenes; las narraciones incluyen desde falsos retenes hasta ponchallantas.
En otros artículos describí episodios terribles, pero no hay semana en la cual no llegue información de incidentes, bien sea por la prensa o por comentarios de víctimas.
Un importante empresario regio me narró, hace días, cómo uno de sus choferes, después de ser golpeado, fue despojado de una camioneta.
Sucedió en el mismo lugar en el cual hace unas semanas un grupo de deportistas terminó a pie, después de pasar por un retén a la altura de un famoso restaurante en la zona que comento.
Los ilícitos los cometen desde pequeñas bandas delictivas de carácter regional hasta peligrosos miembros del crimen organizado, que, a decir de las víctimas, tienen una sincronía admirable y la posible complicidad de las fuerzas de seguridad.
Una de las personas despojadas de su vehículo me comentó que donde fue retenido se acumulaba un buen número de camionetas y que los facinerosos se comunicaban con sus superiores para mandar el lote robado a otra parte del país.
La inacción invade todos los espacios de la vida pública.
En la Cámara de Diputados hay varios exhortos para atender la urgencia de seguridad.
No obstante, en la Comisión de la materia, los textos se archivan hasta que precluyen y son desechados.
Según la estadística, este órgano es uno de los menos eficaces y más holgazanes.
Urge un plan de paz y seguridad para las carreteras que destaque la participación de las autoridades locales y la coordinación con la federación.
De no hacerse esto, no hay oportunidad de éxito.