En nuestro México parece haberse instalado la peligrosa costumbre de olvidar rápido.
Nuestra memoria colectiva es breve y frágil, y esa condición no solo diluye la indignación social, sino que permite la acumulación de problemas graves que terminamos ignorando antes que exigir soluciones.
Y no es que no nos importe lo que ocurre; es que la siguiente tragedia siempre nos distrae de la anterior.
Cada escándalo nos sacude por unos días.
Nos indigna, nos paraliza como sociedad y, casi de inmediato, queda sepultado bajo un nuevo hecho aún más grave.
El monumental fraude del huachicol fiscal dejó de mencionarse tras el asesinato del líder limonero en Michoacán. Bernardo Bravo, quien denunció la extorsión sistemática contra productores del campo, y a su vez fue rápidamente relegado al olvido tras el crimen del presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo, figura del llamado movimiento del sombrero.
De la misma manera, ese asesinato quedó borrado de la conversación pública luego del accidente del tren interoceánico, cuyos rieles defectuosos provocaron decenas de muertos y heridos.
Y ni siquiera esa tragedia logró permanecer, al desaparecer de la memoria colectiva tras la captura de Nicolás Maduro en Venezuela.
Este encadenamiento del horror revela que como sociedad hemos normalizado la tragedia.
La indignación se ha vuelto desechable.
Nos conmueve un instante, se viraliza, genera declaraciones oficiales y promesas, pero se diluye antes de que existan responsables, investigaciones concluidas o justicia para las víctimas.
La saturación informativa, el ritmo vertiginoso de las redes sociales y la lógica de los medios que buscan siempre noticias nuevas contribuyen a esta amnesia colectiva.
Lo nuevo desplaza a lo importante.
La pregunta ya no es qué ocurrió, sino qué sigue.
Y cuando dejamos de preguntar, dejamos también de exigir y con ello normalizamos la violencia, la inseguridad y la corrupción de algunas personas que están en los tres ámbitos de gobierno.
Una sociedad que olvida tan rápido abre la puerta a la impunidad.
Los crímenes se repiten porque no hubo consecuencias; las fallas estructurales persisten porque nadie dio seguimiento; las promesas se incumplen porque ya no son tema.
No olvidar y exigir no debería ser un acto excepcional, sino una responsabilidad social para evitar que el olvido colectivo sea el mejor aliado de la impunidad.