El ataque del 28 de febrero, liderado por la administración de Donald Trump e Israel contra instalaciones estratégicas de Irán, ha sido interpretado por Moscú y Beijing no como un acto de defensa, sino como una vulneración frontal al Derecho Internacional al ejecutarse sin el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU.
Con esta acción militar, Washington ha validado la tesis de la «fuerza sobre la norma», empujando a las potencias emergentes hacia una postura de confrontación defensiva.
La posibilidad de una guerra multilateral reside hoy en la interdependencia de tres actores clave: China, Rusia y la OTAN.
Para China, la situación representa una crisis energética inminente.
El 80% del crudo que abastece su economía transita por el Estrecho de Ormuz; por ello, una intervención naval de Beijing para garantizar la libre navegación en dicho paso, podría derivar en un choque directo con la flota estadounidense, transformando una crisis regional en un grave conflicto golbal.
En cambio, para Moscú, este escenario constituye una oportunidad estratégica en el marco de su invasión a Ucrania.
Al forzar a la OTAN a desviar recursos, inteligencia y atención hacia Medio Oriente, Rusia gana el espacio y el tiempo necesarios para consolidar sus posiciones en el frente europeo.
Por su parte, la OTAN se encuentra ante una encrucijada existencial.
El ataque iraní a las bases en Chipre y las amenazas a la infraestructura aliada en el Mediterráneo ponen a prueba la vigencia del Artículo 5 de su tratado fundacional.
Dicha cláusula establece que un ataque contra uno de sus miembros se considerará un ataque contra todos, obligando a una respuesta colectiva.
Si la OTAN interviene formalmente, la guerra dejará de ser regional para volverse global.
Si decide no hacerlo para evitar una escalada mayor, corre el riesgo de desintegrarse por irrelevancia.
Europa enfrenta así su dilema más amargo, o respalda una guerra elegida por el gobierno estadounidense o arriesga su propia seguridad frente a un eje euroasiático hostil.
Las próximas horas determinarán si la historia recordará el 28 de febrero como una operación quirúrgica de castigo o como el disparo de salida de la primera guerra multilateral de la era posmoderna.
La erosión de la diplomacia preventiva ha cedido el paso a una dinámica de suma cero, donde la parálisis de la OTAN, el pragmatismo energético chino y el oportunismo ruso convergen en un punto de no retorno para el orden mundial.