En la CDMX, bajo la lluvia lila de las jacarandas que cae como si el cielo se deshojara lentamente sobre la ciudad, uno camina con la ilusión de que aún existen ritmos más lentos que la prisa.
Veo a la gente pasar con sus «perrhijos».
Los llevan con correas de diseño, algunos cargados como infantes y, en el colmo de lo antinatural, otros en carriolas.
Me detengo a mirar.
El perro, cuya esencia es explorar, oler y trotar, queda reducido a un accesorio de lujo, un objeto de acompañamiento que ha perdido su derecho a ser, simplemente, un perro.
Me cuesta trabajo entender que algo se ha desplazado silenciosamente en nosotros: ya no miramos a los animales como lo que son, sino como sustitutos de lo que tememos perder o no hemos sabido sostener.
Días después, en Monterrey, esa idea dejó de ser una impresión estética para volverse un golpe seco de realidad.
Salí con mis perras y mi hijo Gabriel, de trece años.
Bastó un descuido: las correas cedieron, los cuerpos corrieron, y el lenguaje antiguo de los perros —ladridos, tensión, dientes— ocupó el aire.
Fue un instante natural entre animales.
Pero no lo fue para mi hijo.
Gabriel se sentó en una banca y lloró.
No era escándalo ni exageración: era miedo.
Un miedo que ya conocía, porque días antes esos mismos vecinos le habían gritado.
Mientras yo separaba a los perros, él enfrentaba algo más profundo: la sensación de no estar a salvo entre adultos.
Una hora después, el vecino llegó con cuentas, reclamos y tono de juicio.
Asumí mi responsabilidad.
Pagar no era el problema.
El problema vino cuando intenté nombrar lo evidente: mi hijo estaba asustado.
Entonces dijo la frase que terminó de ordenar —o desordenar— todo:
«Es que, para mí, mis perros son mis hijos».
Ahí se rompió cualquier posibilidad de diálogo.
Porque no hablábamos de lo mismo.
Yo hablaba del temblor de un niño; él, de la equivalencia.
Hay afectos que dignifican y otros que confunden.
Amar a un animal es un acto noble; elevarlo al lugar del semejante es otra cosa.
En ese desplazamiento, lo humano empieza a diluirse.
El problema no son los “perrhijos”; el problema es cuando, para sostener esa idea, dejamos de reconocer el peso irrepetible de un hijo de verdad.
Porque un perro puede ocupar un espacio en la casa, incluso en el corazón, pero no en la escala moral donde un niño tiembla, llora y aprende —desde nosotros— qué valor tiene su miedo.
Y si en ese aprendizaje el ladrido vale lo mismo que el llanto, entonces no es el mundo el que se ha vuelto extraño: somos nosotros.