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Sangre en la nieve

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Por: Red Crucero

Publicado el 27 de enero de 2026

Afuera, la naturaleza ha decidido que el blanco sea el único color permitido.

Una tormenta invernal sin precedentes, con ráfagas que cortan como cuchillos de obsidiana, ha hundido a Minnesota en un letargo de -33°C.

Pero en las calles de Minneapolis, el frío más peligroso no viene del Ártico; viene de Washington.

Es un viento político que sopla desde la Casa Blanca, una corriente gélida de políticas antimigratorias que ha comenzado a congelar no solo la esperanza de los que llegan, sino la vida de los que ya estaban. 

Este enero de 2026 quedará marcado como el mes en que el «Invierno de Trump» dejó de ser una metáfora para convertirse en una autopsia.

En menos de tres semanas, dos ciudadanos estadounidenses han caído bajo el fuego de agentes federales, víctimas de una «locura colectiva» desatada por un líder que hoy se percibe más bipolar que nunca: llamando a la «paz y el orden» mientras azuza a sus perros de guerra contra su propia gente.

El 7 de enero, cuando el primer frente frío apenas asomaba, Renee Good se convirtió en la primera estadística de sangre.

Tenía 37 años y una voz que resonaba en los slams de poesía de la ciudad.

Mientras el agente de ICE, Jonathan Ross, apretaba el gatillo alegando una «embestida» que los videos desmienten, Renee dejaba huérfanos no solo a sus hijos, sino a una comunidad que veía en ella el puente entre mundos. 

Se convirtió en una poesía que el hielo no pudo callar… sino una bala.  

Renee escribió versos que hoy parecen profecías de cristal: «No me pregunten por mi pasaporte, / pregúntenme por el idioma de mis manos cuando amasan el pan… / La frontera está en el retrovisor cada mañana.»  

Entendía que el muro no es de hormigón, sino de sospecha.

Su muerte fue el primer aviso de que la maquinaria de deportación masiva, alimentada por el odio, no distingue entre el «extranjero» y el «vecino».

La bala que atravesó su parabrisas provocó las primeras gotas de sangre en la nieve. 

Dos semanas después, el 24 de enero, la tragedia se repitió con una crueldad que desafía la lógica. 

Alex Pretti, enfermero en un hospital de veteranos, fue abatido por la espalda.

Alex era de los que daban calor en las salas de hospital donde la muerte suele ser fría.

Salió a documentar un arresto, a defender lo que él creía era el tejido de su país, y terminó acribillado en la nieve. 

Otra vez “el invierno de Trump” tiñe de rojo la nieve. 

Estados Unidos vive hoy una esquizofrenia nacional.

De un lado, los amantes de las armas y los discursos de «invasión», que ven en cada migrante un enemigo y en cada crítico un traidor.

Del otro, un pueblo norteamericano que ha despertado y sabe que los migrantes han sido, por décadas, el carbón que mantiene encendida la caldera de este país. 

Son ellos —los que ahora son perseguidos por el ICE— quienes han construido las vigas que resisten estas tormentas, quienes han recogido la cosecha bajo soles que queman y cielos que hielan, dándole a Estados Unidos una fortaleza que sus propios gobernantes parecen empeñados en demoler. «Ñ

«Mis hijos no son estadísticas, / son tres brotes de maíz creciendo entre las grietas del cemento,» escribía Renee. 

Hoy, esas grietas se están convirtiendo en trincheras.

La agresividad de las políticas de Trump está provocando una guerra civil de baja intensidad, donde el enemigo no lleva uniforme extranjero, sino el escudo de una agencia federal que dispara primero y pregunta después. 

Porque cuando el viento de la intolerancia sopla tan fuerte que llega a matar a tus propios ciudadanos, no hay muro lo suficientemente alto para detener la tormenta que viene.

El país que los migrantes ayudaron a fortalecer está temblando, no de frío, sino de una rabia que amenaza con derretir hasta los cimientos de su democracia. 

 

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