El calendario marca el tercer lunes de enero y el mundo parece haber despertado bajo un diagnóstico clínico de desesperanza.
Es el Blue Monday.
Afuera, los vientos gélidos del norte no solo cortan la piel, sino que arrastran consigo el eco de las deudas decembrinas y los propósitos rotos que se amontonan como basura en las esquinas del espíritu.
La psicología nos dice que es el día más triste del año: la suma exacta entre el mal clima, el bolsillo vacío y esa pesada fatiga emocional que los expertos llaman «baja motivación».
Sin embargo, este 2026 la tristeza no es un asunto privado.
El mundo entero parece haber entrado en un estado de depresión colectiva, un trastorno afectivo que ya no se mide en consultas médicas, sino en mercados bursátiles y fronteras amenazadas.
Justo un día después de este lunes azul, el primer año del mandato de Donald Trump en Estados Unidos envuelve al planeta en una neblina de incertidumbre, proyectando la visión de un orden mundial resquebrajado y sombrío.
Asistimos al comportamiento de quien parece dictar la política desde un trastorno bipolar del norte.
Un día, la Casa Blanca arremete contra Venezuela, ignorando leyes internacionales e instituciones con el pretexto de «liberar» a un pueblo de un régimen dictatorial; pero al siguiente, con una volatilidad que desconcierta a la diplomacia, el mismo líder alaba a la vicepresidenta del mando de Maduro, calificándola de «mujer maravillosa».
Si los habitantes de Groenlandia ya conocían el frío de sus glaciares, las declaraciones de Trump han provocado un deshielo de terror.
Su ultimátum —»o lo compramos o lo invadimos»— ha sumido al mundo en un cuadro de ansiedad aguda.
Pero, ante la amenaza y la provocación, el mundo ha decidido que el trastorno emocional no será contagioso.
A pesar de los -10 grados que congelan las calles de Davos, una calidez inesperada comenzó a emanar del estrado del Foro Económico Mundial.
Allí, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, se levantó no solo como un líder político, sino como un analista de la psique global.
Su discurso fue el punto de quiebre donde la crónica del dolor comenzó a buscar una cura.
Carney, con la precisión de quien opera un corazón abierto, sentenció: «Hoy quiero hablar de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica —donde las grandes potencias— parece no estar sometida a límites ni restricciones».
Para Carney, el mundo ya no puede permitirse el lujo de la negación.
Citó la urgencia de abandonar esa «fantasía de estabilidad» que Trump ha dinamitado con sus amenazas de aranceles y su desprecio por la soberanía ajena.
El ministro canadiense fue claro al señalar que la economía global sufre una neurosis de guerra provocada por el proteccionismo agresivo de Washington.
Afortunadamente, frente al «bipolar del norte», ha surgido un frente de resiliencia.
Mientras los pueblos latinoamericanos estrechan lazos, en Europa, potencias como Inglaterra, Francia y Alemania, ente otras se han unido en un bloque de apoyo incondicional a Dinamarca y Groenlandia.
Las palabras de Carney, sumadas a la firme postura del presidente francés, Emmanuel Macron han inyectado al mundo una dosis de dopamina política.
El discurso en Davos nos ofrece una esperanza: la posibilidad de no volver a vivir un Blue Monday perpetuo.
Aunque la presidencia de Estados Unidos siga bajo el pulso errático de su líder, el resto del planeta parece haber entendido que la única cura para la depresión global es la unidad estratégica. El mundo está triste, sí, pero ya no está solo en su tristeza.