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Córtalas

Imagen de Por:  Red Crucero

Por: Red Crucero

Publicado el 6 de septiembre de 2026

En el patio de la escuela había asuntos que se resolvían sin abogados, tribunales ni comunicados oficiales.

Bastaban dos niños frente a frente.

Primero buscaban los dedos meñiques y los entrelazaban con la solemnidad de quienes firmaban un tratado internacional, aunque lo que estuviera en juego fuera compartir el lonche, guardar un secreto o defender al amigo de las burlas: Somos amigos del dedo chiquito; si nos enojamos, se enoja Diosito. 

Y asunto arreglado.

A esa edad uno creía que las amistades podían durar para siempre porque dos dedos pequeños habían hecho un pacto.

Pero la paz del recreo duraba lo que una paleta de hielo bajo el sol.

Bastaba no compartir las papitas, negarse a pasar las respuestas del examen o, peor todavía, hablarle primero a la niña que al otro le gustaba. 

Entonces llegaba la ruptura. 

Los meñiques se soltaban.

Después aparecían los índices, uno frente al otro, formando un pequeño puente.

El dedo del ofendido pasaba entre ellos como una tijera invisible: ¡Córtalas! 

Y con aquella palabra terminaba una amistad que cinco minutos antes parecía destinada a durar toda la vida.

Años después descubrimos que quizá nunca abandonamos del todo aquel patio.

Cambiamos los uniformes por trajes, los recreos por reuniones y las papitas por presupuestos.

Las promesas de amistad se transformaron en declaraciones de lealtad.

Pero los dedos siguen ahí. También los puentes. Y también las tijeras.

Uno mira hacia Palacio Nacional y hacia el retiro político del sur y tiene la impresión de que el viejo juego cambió de escenario, pero no necesariamente de reglas.

La presidenta camina entre dos orillas difíciles de reconciliar: de un lado, la izquierda militante que la llevó al poder; del otro, la realidad de los mercados, los empresarios, los intereses internacionales y un país que no cabe entero dentro de ningún discurso. 

Hay que gobernar sin parecer que se traiciona.

Hay que construir puentes sin olvidar quién puso las primeras piedras.

Y desde el sur permanece la sombra de un dedo: aquel que durante tantos años tuvo la capacidad de señalar, escoger y ungir.

El dedo que en la política mexicana conocemos con una palabra tan vieja como eficaz: el dedazo. 

Está en los recuerdos, las lealtades y las nostalgias, pero también en una pregunta que nadie formula demasiado fuerte: ¿hasta dónde llega la autonomía de quien gobierna cuando quien la antecedió conserva todavía autoridad moral y política sobre su movimiento?

En política, como en la vida, las rupturas casi nunca comienzan con un portazo.

Empiezan con cosas pequeñas: una llamada que no se devuelve, una silla que alguien ocupa, una invitación que no llega, una palabra mal interpretada.

Después viene el silencio. Y finalmente, los dedos. 

También ocurre en las familias. Hermanos que dejan de hablarse, amigos que envejecen separados, parientes que se cruzan en una fiesta y prefieren mirar hacia otro lado.

A veces no nos separa el odio. Nos separa el orgullo.

De niños sabíamos cómo hacer las paces. Bastaba juntar los meñiques.

De adultos complicamos lo sencillo: pedir perdón parece una derrota, ceder una humillación y escuchar al otro una debilidad. 

La política tampoco se salva. Una nación no puede gobernarse únicamente con lealtades personales.

Hay que distinguir entre gratitud y obediencia, entre memoria y dependencia, entre amistad y obligación.

México necesita puentes.

Pero los puentes no existen para que alguien permanezca eternamente en medio, sosteniendo ambos extremos de una cuerda.

Existen para que otros puedan cruzar.Tal vez a la presidenta le corresponda ahora una decisión incómoda: conservar el vínculo con el pasado sin permitir que el pasado gobierne el presente.

No se trata de desconocer a quien estuvo antes, sino de entender que cada gobierno tiene que aprender a caminar con sus propios pies.

En aquel patio, cuando dos amigos se enojaban, alguno gritaba:¡Córtalas! Los dedos se separaban. Después venía el silencio.

A veces duraba un recreo. Ojalá en la política mexicana sepamos distinguir a tiempo cuándo hay que cortar una cuerda y cuándo, simplemente, hace falta sentarse a conversar. Porque ninguna nación puede vivir eternamente jugando a “córtalas”.

 

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