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Por: Red Crucero

Publicado el 14 de agosto de 2026

Hay citas que no se marcan en el calendario, sino en la memoria.

Citas con la historia personal, con la palabra empeñada o simplemente con ese destino testarudo que se niega a dejar los pendientes abiertos.

La norma universitaria dicta que un estudiante acude a su encuentro con la graduación cinco años después de cruzar por primera vez el portón de la facultad.

Pero los tiempos de la vida rara vez obedecen los horarios de la academia.

A mi hermano Gabriel —el Gabo— esa cita le tomó casi treinta años en llegar.

La había dejado en pausa, suspendida a solo dos materias del final, como un libro abierto a la mitad sobre el escritorio. 

Regresar a las aulas después de tres décadas es un acto de valentía silenciosa.

ÑEl Gabo volvió a la Facultad de Filosofía y Letras a cursar ese único semestre restante, pero el paisaje ya era otro.

Sus compañeros eran muchachos imberbes con el celular en la mano, apoyados en la inteligencia artificial como un acordeón moderno para resolver tareas en segundos, mientras en las paredes los viejos pizarrones de gis habían cedido su lugar a proyectores fríos.

Frente a ellos estaba el Gabo: un hombre hecho y derecho sosteniendo la vieja armadura de abrir el libro, leer, subrayar y estudiar con el honor de la escuela clásica.

Para la prisa de nuestros días resultará una estampa arcaica; para mí, no hay nada más infinitamente digno.

Lo logró: completó el camino y se graduó de la Licenciatura en Letras Españolas. 

La vida, sin embargo, suele jugar con los horarios.

El día en que el Gabo se vistió con la toga y el birrete, yo no pude estar en las gradas para abrazarlo.

El deber me situaba en la Ciudad de México, entregando certificados del CONOCER a las alumnas de la Academia Carla Rizo.

Mientras allá el director Francisco Treviño le entregaba a mi hermano su documento, acá yo atestiguaba otra cita crucial: la de cientos de mujeres que acreditaban sus capacidades para abrirse paso en el mercado laboral, con la promesa de becas y certificaciones futuras para seguir creciendo.

Cientos de kilómetros nos separaban, pero el pulso de la superación era el mismo.

Aun así, mi corazón estaba en los pasillos de Filosofía. 

Fue de regreso a Monterrey, volando sobre las nubes en el avión, cuando abrí el teléfono y leí el mensaje que el Gabo nos envió al grupo de la familia.

A través de la pantalla, su voz se sentía tan viva que me pareció escucharlo hablar.

Nos daba las gracias a todos los hermanos desempolvando trozos de memoria: recordó a Martitha, que desde sus inicios le pagaba los cursos de idiomas; a Beto, que en la secundaria le llevaba novelas de la universidad para leer; a Paulita, que le compraba libros en los primeros semestres y salía al rescate inventando excusas piadosas cuando reprobaba; a David, con quien le tocó compartir etapa universitaria. 

A mí me agradeció el empujón para motivarlo a volver y estar al pendiente desde los trámites iniciales hasta el final.  

Contaba que al entrar por última vez al sistema universitario y ver sus calificaciones finales, se le vino encima el recuerdo de sus comienzos, de cuando le daban para el camión y le compraban los libros.

Hoy, pudo cerrar el mensaje con esa soltura tan suya: «A la chingada, por fin está completo mi Kardex. Lo que sigue, ya veremos». 

Al terminar de leerlo, me pegué a la ventanilla.

La noche era tan clara que las estrellas se sentían muy cerca, pero dos de ellas brillaban con una intensidad distinta: pensé en papá y mamá, quienes jamás se hubieran perdido ese momento de ver graduado al Gabo.

Ellos, aplaudiendo desde el cielo esa cita que por fin se cumplió. 

 

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