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Me acordaré por los dos

Imagen de Por:  Red Crucero

Por: Red Crucero

Publicado el 27 de septiembre de 2026

Han pasado solo treinta y tres años, mamá.

Treinta y tres otoños desde aquel 23 de septiembre de 1993 en que te transformaste en luz.

Tu recuerdo no permanece intacto: cambia, se mueve, a veces parece esconderse para volver a emerger de pronto.

Es entonces cuando me asalta la duda: ¿Qué hay después del olvido?

Quizá se trate de una cita a ciegas con la memoria; un encuentro en la penumbra donde intentamos reconocer lo que alguna vez fuimos a través de una voz, unas manos, una mirada o un rostro.

Y es precisamente ahí donde reapareces tú, Doña Julia.

No siempre completa —a veces apenas dibujada como una silueta—, pero con la certeza inconfundible de tu presencia.

Durante las primeras épocas tras tu partida hice todo lo posible por no invocarte.

Tenía solo veintitrés años y estaba profundamente enojado con la vida y con el cáncer pero, sobre todo, indignado porque tu ausencia me dolía demasiado.

Pensaba que, si lograba adormecer tu muerte, conseguiría también anestesiar el sufrimiento.

Me fui a la Ciudad de México buscando distancia, anhelando que ninguna calle me hablara de ti y que ningún rincón de nuestra casa en Monterrey me obligara a mirarte.

No quería cruzarme con los ojos de mis hermanos, donde tu recuerdo se reflejaba con la nitidez de un espejo.

Sin embargo, hay nostalgias de las que resulta imposible escapar: la tuya viajó conmigo.

Tres décadas después, el destino me enfrenta a esa misma interrogante, aunque desde un ángulo distinto: ¿Qué pasa si te olvido?

Por cuestiones de trabajo en el CONOCER, terminé en un evento titulado: “Encuentro con la memoria: Alzheimer”.

La fecha no podía ser más precisa: un 21 de septiembre, día en que se conmemora la lucha mundial contra este padecimiento.

Faltaban apenas cuarenta y ocho horas para tu aniversario luctuoso cuando entré al recinto y me vi rodeado de médicos, especialistas y cuidadores que batallan a diario contra una sombra que va borrando lentamente nombres, rostros e historias.

Escuchaba hablar del deterioro cognitivo y del borrado de los recuerdos, mientras pensaba en ti.

Qué paradoja, mamá: cuando era joven quería olvidarte; hoy me aterra hacerlo.

Vino a mi mente un pasaje inolvidable de la novela: La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.

En esa escena, un niño despierta llorando en la oscuridad al descubrir que no puede retener el retrato de su madre: “No me acuerdo de su cara, papá. No me acuerdo de la cara de mamá”.

Aquella frase se me quedó grabada muy adentro.

Comprendo ahora que el miedo muta con las épocas.

A los veintitrés años deseaba que el dolor desapareciera; hoy, con la acumulación del tiempo, me asusta que sea el recuerdo lo que se desvanezca.

Me aterra perder tus trazos, que tu voz se vuelva un eco lejano y que algún día me descubra incapaz de recordar que tuve una madre a la que amé y que se llamaba Julia.

Por eso, el pasado 23 de septiembre decidí pactar un encuentro contigo.

Salí por la mañana de mi departamento en la Ciudad de México —lugar al que la vida y el trabajo me trajeron de regreso— y enfilé hacia la calle. 

«Buenos días, mamá”, musité para mis adentros. “Vamos por un café”.

Caminé unas cuadras y entré a un pequeño establecimiento.

Pedí dos tazas: una para mí y otra para ti.

Me senté frente a la silla vacía.

Mientras bebía lentamente, del otro pocillo se levantaba una tenue espiral de humo que subía buscando el cielo.

Quizá esperaba encontrarte en esa pequeña nube blanca.

El mesero se acercó, miró el lugar desocupado y preguntó: “¿Va a llegar alguien?”. -Sí, le respondí. Y sentí que soltaste una carcajada que solo yo pude escuchar.

No sé cuánto tiempo permanecí allí contemplando el vapor; después pagué y me fui a caminar.

Recorrí las avenidas buscando algún destello tuyo: una mujer morena, un gesto familiar, una mirada.

Cualquier detalle que me permitiese reconocerte por un instante entre la multitud.

Esa jornada caminé abrazado a tu ausencia.

Por la noche regresé al departamento, abrí una cerveza Carta Blanca —aquella que tanto te gustaba— y serví un vaso.

Por un segundo me invadió la certeza de estar nuevamente a tu lado. “Salud, mamá”.

Luego me acosté y me acurruqué en la cama en posición fetal, queriendo evocar la sensación de habitar el primer refugio donde estuve protegido.

Cerré los ojos e intenté dormirme creyendo que esa noche te soñaría a ti. Pero no apareciste.

En su lugar, como si viniera de ese territorio donde los padres extintos siguen velando por sus hijos, Don Roberto, mi padre, me dijo suavemente al oído: “No te preocupes… Yo me acordaré por los dos”.

 

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