¿En qué momento termina un ciclo?
¿Cuándo deja de latir una época?
Tal vez no ocurre con un estruendo ni con un silbatazo final.
Quizá los ciclos mueren en silencio, cuando un día descubrimos que seguimos caminando por el mismo sendero, aunque hace tiempo dejamos de saber hacia dónde conduce.
Enel fútbol, como en la política, solemos aceptar los mapas que otros dibujan.
Nos acostumbramos a repetir rituales, a defender certezas envejecidas, hasta que un día entendemos que llevamos demasiado tiempo caminando sin rumbo.
Esa sensación me acompaña desde que regrese al Estadio Universitario para el inicio de una nueva temporada de los Tigres.
El «Volcán» sigue rugiendo, pero algo ha cambiado.
André-Pierre Gignac ya no domina el área ni espera su turno en la banca. El hombre que convirtió la esperanza en costumbre comienza a transformarse en memoria.
Mientras en el futbol intenta reconocer el nuevo paisaje, en la política ocurre algo parecido.
Nuevo León también parece buscar una brújula que alguien perdió hace tiempo.
El juego entre el Congreso y el poder ejecutivo cambia de alineación con una facilidad inquietante, porque en ambos, al parecer no saben: ¿quién conduce el balón y hacia dónde tirar?
La salida de Guido Pizarro del banquillo terminó por confirmar que las leyendas no siempre encuentran el mismo destino cuando cambian de uniforme.
Como futbolista escribió algunas de las páginas más gloriosas de Tigres; como entrenador, quizá llegó antes de tiempo.
Dos finales perdidas bastaron para recordarnos que el prestigio no sustituye la experiencia.
Así son también muchos liderazgos públicos: llegan impulsados por mercadotecnia y a la sombra de las redes sociales, pero el poder termina exhibiendo el verdadero rostro de la frivolidad y la inexperiencia.
La nueva directiva felina intenta inaugurar otra era.
Cambian los rostros, las decisiones, las dinámicas del estadio.
Aparecen marcas de cervezas antes vetadas por la afición.
En el banquillo permanecen figuras queridas por la institución, pero todavía sin el recorrido suficiente para pilotar un proyecto de semejante tamaño.
Todo parece nuevo, aunque nadie tiene claro si el camino conduce hacia adelante o simplemente da vueltas sobre el mismo sitio.
La política estatal vive un desconcierto parecido.
El gobierno parece navegar entre ocurrencias y frivolidades, mientras una oposición formada por PRI y PAN, enemigos históricos convertidos en aliados circunstanciales, tampoco logra ofrecer un horizonte distinto.
Todos se mueven.
Pocos parecen saber hacia dónde.
En Morena, la pérdida del rumbo es dentro.
Ahí, la disputa dejó de ser por las ideas para convertirse en una competencia por espacios de poder.
Diputados que llegaron cobijados por un proyecto nacional hoy negocian con quienes juraban combatir.
Los principios cambian de camiseta con una facilidad que avergonzaría incluso al mercado de fichajes.
Entonces vuelve la pregunta del principio.
¿Cómo sabemos que un ciclo terminó?
¿Acaso cuando los ídolos envejecen?
¿Quizá cuando las victorias dejan de llegar?
Cuándo los discursos ya no emocionan… O tal vez cuando dejamos de reconocer aquello que durante años sentimos nuestro.
Pero quizás la pregunta es:
¿Recordamos hacia donde queríamos ir?
Perderse es humano.
Lo imperdonable es acostumbrarse a vivir sin rumbo.





















