En 1891, el papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum (“De las cosas nuevas”), en plena expansión de la industrialización mundial.
En ella hizo un firme llamado a dignificar al trabajador y evitar su deshumanización frente al avance de las máquinas, denunciando la pobreza, la explotación y las condiciones degradantes que padecían millones de obreros.
A finales del siglo XIX, las naciones industrializadas de Europa y América se llenaron de humo, carbón, vías ferroviarias y trabajadores exhaustos.
Hoy, en 2026, el paisaje es distinto e incluso invisible: flujos de datos, servidores y sistemas de inteligencia artificial están transformando el empleo, la economía y hasta la manera en que las personas piensan y toman decisiones.
En este contexto, el papa León XIV publicó recientemente su primera encíclica, Magnifica Humanitas (“Magnífica Humanidad”), en la que advierte sobre el riesgo de una nueva forma de deshumanización derivada del uso indiscriminado de la inteligencia artificial y de las tecnologías digitales.
Después de 135 años, el dilema de fondo sigue siendo el mismo; la técnica debe estar al servicio de la humanidad, y no la humanidad al servicio de la técnica.
Hemos pasado de las máquinas que desgastaban el cuerpo del obrero a sistemas que ahora pretenden “optimizar” la mente humana y reducir nuestras decisiones a predicciones estadísticas.
Como señala León XIV en su encíclica: “El ser humano no es un algoritmo que deba ser perfeccionado”.
Por ello, debemos ser especialmente cuidadosos con el desarrollo y uso de la inteligencia artificial para evitar convertirnos en esclavos de los algoritmos.
Desde hace años, estas tecnologías estudian nuestras preferencias en redes sociales, hábitos de consumo y patrones de conducta para ofrecernos contenidos, productos y decisiones que se “anticipan” nuestros deseos.
La inteligencia artificial debe entenderse siempre como una herramienta y nunca como un sustituto del ser humano.
En la procuración de justicia, por ejemplo, un sistema automatizado podría aplicar normas jurídicas con gran precisión, pero carece de la sensibilidad humana necesaria para valorar circunstancias psicológicas, emocionales y sociales que rodean una falta o un delito.
Del mismo modo, ningún programa puede reemplazar plenamente a un maestro en la educación básica o universitaria.
Una máquina difícilmente podría comprender el esfuerzo individual de cada estudiante, detectar problemas emocionales o reconocer si un alumno enfrenta condiciones adversas de salud física o mental.
Además, la inteligencia artificial no es neutral.
Sus algoritmos son diseñados, entrenados y alimentados por personas, por lo que inevitablemente reflejan intereses, sesgos y visiones del mundo.
Por ello, no debería utilizarse para decidir sobre la vida y la muerte, ni en contextos de guerra ni en sistemas judiciales que contemplen la pena capital.
Ninguna máquina puede tener la autoridad moral para decidir el destino de una persona.
Ni el vapor del siglo XIX ni el silicio del siglo XXI pueden sustituir el misterio de la dignidad humana.
El verdadero desafío de nuestro tiempo no consiste en hacer máquinas más humanas, sino en utilizar la ciencia y la tecnología para elevar la calidad de vida de todos los seres humanos.
Ambas encíclicas respondieron a las grandes tensiones de su época. Ambas fueron escritas por un papa llamado León.
Y ambas surgieron en momentos históricos en los que el progreso tecnológico amenazaba con colocar la eficiencia por encima de la dignidad humana.
León XIII enfrentó los excesos de la industrialización; León XIV enfrenta ahora los desafíos éticos de la inteligencia artificial.
En ambos casos, la advertencia que sigue vigente es que ningún avance tecnológico debe estar por encima del valor de la persona.