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Populismo

Picture of Por:  Red Crucero

Por: Red Crucero

Publicado el 1 de junio de 2026

En los últimos años, México ha sido testigo de un fenómeno político que la ciencia política identifica como el populismo.

Basta introducir sus características en cualquier programa de inteligencia artificial para obtener una lista que describe las prácticas del actual gobierno morenista, primero bajo Andrés Manuel López Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum.

La convocatoria a celebrar el segundo año de gobierno el día de ayer, con un informe de labores constata el corte populista de esta administración.

El populismo se distingue por una apelación directa al pueblo, como si el líder fuera el único intérprete legítimo de la voluntad popular.

¿Acaso no es esa la esencia de cada mañanera?

Enfundarse todas las mañanas en una conferencia de prensa no es un ejercicio de transparencia, sino un intento obsesivo por controlar la narrativa, centralizar la comunicación y, peor aún, favorecer la desinformación.

Todo lo que no sale de esa tribuna es automáticamente tildado de “guerra sucia” o “fake news” de la oposición.

El discurso antiélite tampoco falta.

Los gobiernos de la Cuarta Transformación han construido su capital político enfrentándose a “políticos tradicionales”, “empresarios rapaces”, “medios conservadores” y “tecnócratas neoliberales”.

El problema es que, una vez en el poder, esa retórica se convierte en coartada para no rendir cuentas.

Gobernar señalando al pasado o a un adversario abstracto resulta cómodo, pero estéril para resolver la violencia, la falta de inversión o el deterioro de los servicios públicos.

El liderazgo personalista es otro rasgo innegable.

Todo gira en torno a la figura presidencial, a su palabra matutina, a su “pueblo bueno”.

La movilización constante mediante actos masivos, consultas simuladas o mensajes virales en redes sociales no busca deliberar, sino refrendar emocionalmente a un líder y desactivar cualquier mecanismo de contrapeso.

La consulta para celebrar dos años de gobierno no es un ejercicio democrático, sino una coreografía de legitimación.

Lo más grave es la simplificación de problemas complejos.

Decir que “la economía va bien” mientras las principales calificadoras de riesgo del mundo, como son Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s, han bajado la calificación de la solvencia financiera del país es, o una ignorancia temeraria, o un acto deliberado de manipulación.

La economía real no se mide con frases hechas ni con aplausos en el Zócalo.

Se mide con inversión, empleo formal, capacidad de pago y confianza internacional.

Y ahí los datos no mienten.

El populismo es un mecanismo de poder que erosiona las instituciones, desprecia la rendición de cuentas y sustituye las políticas públicas por ocurrencias de micrófono.

Llamar a la ciudadanía a celebrar no es un acto de gobernanza democrática, sino una maniobra para distraer la atención mientras el crédito del país se hunde y la pobreza laboral persiste.

México merece gobiernos que no confundan la plaza pública con un ring electoral permanente.

Mientras sigamos confundiendo la mañanera con un informe de gobierno, y la movilización con rendición de cuentas, el populismo seguirá ganando la batalla de la narrativa, pero al mismo tiempo estamos perdiendo la del futuro.

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