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Jondalar y el arte de rodar los sueños 

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Por: Red Crucero

Publicado el 21 de junio de 2026

El balón rueda sobre el césped, pero el destino se mueve sobre dos ruedas de bicicleta.

Cuando mi hermano Roberto decidió bautizar a su hijo como Jondalar, no imaginaba que estuviera firmando una profecía. 

“En El valle de los caballos”, la célebre novela de Jean M. Auel, publicada en los ochenta, Jondalar es el héroe de la prehistoria: un aventurero de espíritu indomable, fuerte, andariego, capaz de cruzar continentes enteros a pie solo por explorar lo desconocido. 

Cuarenta años después de aquella lectura, el Jondalar de nuestra propia sangre honraría su nombre: pedaleando el alma rumbo a un mundial de fútbol. 

La historia es un espejo que se mira a sí mismo con cuatro décadas de diferencia.

Hay una simetría perfecta, casi mágica, entre el padre y el hijo; dos jóvenes persiguiendo un balón en dos Méxicos radicalmente distintos, distanciados por el tiempo, pero unidos por la misma tenacidad heredada.

En 1986, mi hermano Roberto tenía apenas 18 años.

Vivía en un México herido, un país que intentaba ponerse en pie tras el devastador terremoto de 1985 que había sepultado parte de la capital.

Eran los tiempos del fútbol romántico, donde no existían las aplicaciones móviles ni las reventas digitales.

Roberto trabajó sin descanso, juntando peso sobre peso con el único norte de vivir el Mundial en su tierra.

Monterrey se convirtió en su sucursal del cielo.

Entre el graderío del Estadio Universitario y el ya desaparecido Estadio Tecnológico, sus ojos vieron la magia de Hugo Sánchez y sufrieron el drama nacional de aquella fatídica tanda de penales contra Alemania.

El mundo era más pequeño entonces, y el fútbol, un refugio de esperanza.  

Cuarenta años después, en este 2026, el mundo ha cambiado por completo.

La juventud de hoy se mueve en un entorno hiperconectado pero complejo, y en nuestro país no se derrumba por terremotos sino por una sombra de inseguridad del narcotráfico.

Sin embargo, la pasión futbolística permanece intacta.

El hijo de Roberto, nuestro Jondalar, ya no es el adolescente de 18, sino un hombre de 34 años con un sueño viejo que nació en las madrugadas del 2002, con el mundial Corea – Japón. Cuando de niño se rapaba la cabeza con un copete corto para imitar a su ídolo de entonces al Ronaldo, el brasileño.  

Para Jondalar, el viaje hacia este Mundial fue una epopeya contra la imposibilidad.

El sorteo de diciembre de 2025 dictó una sentencia amarga: Portugal, la selección de su actual ídolo Cristiano Ronaldo, jugaría en Estados Unidos.

El destino le cerraba la puerta en Monterrey, su propia casa.

Pero el destino, al igual que los grandes goleadores, sabe aparecer en el último minuto, Jondalar recibió la aprobación de su Visa. Ahora Faltaba otro detalle: los boletos, necesitaba tiempo de compensación y un milagro.  

Y ocurrió, mientras navegaba sin rumbo en su celular, entró a la plataforma de la FIFA; Ahí estaba: un único boleto disponible en todo el NRG Stadium en Houston, para el juego de Portugal. 

Fue entonces cuando el espíritu del personaje literario despertó por completo en él.

Influenciado por la audacia de Lucas Ledezma —aquel argentino de «Todo a Pedal» que cruzaba continentes en bicicleta para ver a la Albiceleste—, Jondalar decidió que no viajaría en avión.

Su hazaña requería épica.

Y una vez cruzando la frontera por Brownsville, Texas, empezó a rodar.

Más de diez días de camino, devorando kilómetros de carretera, impulsado no por la fuerza de un motor, sino por la disciplina de sus propias piernas. 

Cuando finalmente apareció  el NRG Stadium, no llegaba solo un aficionado, sino la continuación de un sueño familiar.

El muchacho bautizado en honor a un explorador había cumplido la profecía de su nombre.

Como un balón que rueda lentamente hasta encontrar la red, las ruedas de su bicicleta atravesaron distancias, generaciones y recuerdos para unir dos Mundiales y dos épocas.

Y allí, entre el rumor de las tribunas y la emoción de la Copa del Mundo, quedó demostrado que algunos sueños no terminan cuando se cumplen: simplemente pasan de padres a hijos, y siguen rodando para siempre. 

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