El balón dejó de rodar y la madrugada llego como una tarjeta roja .
México acababa de perder ante Estados Unidos en el Mundial de Corea-Japón 2002 .
Yo salí del bar “Momentos”, en Toronto, cuando el amanecer apenas comenzaba a silbar el inicio de otro día.
El frío canadiense me golpeó como una falta.
Caminé por las calles del Entertainment District , un barrio de Toronto, envuelto en una bandera mexicana, cargando un enorme sombrero al estilo de Pique, aquella entrañable mascota del Mundial de 1986. Nunca me había sentido tan derrotado.
La herida no era solamente futbolística.
También me dolían unos cuantos dólares perdidos en apuestas hechas con otros latinos.
Había ido al bar con amigos mexicanos con quienes estudiaba inglés.
“Momentos” era un refugio de migrantes y estudiantes, un rincón donde América Latina se reunía a olvidar por unas horas la distancia.
Aquella noche estaba repleto.
Sin embargo, salvadoreños, colombianos, costarricenses, guatemaltecos y otros compatriotas del continente alentaban a los estadounidenses.
México llegaba como favorito y nosotros, ingenuos y optimistas, ya nos veíamos en el ansiado quinto partido.
Pero los goles de Brian McBride y Landon Donovan apagaron el sueño.
El marcador fue un seco 2-0.
Veinticuatro años después, el calendario me devuelve a aquella escena.
Es 11 de junio de 2026.
Llevo puesta otra vez la camiseta de la selección mexicana, pero ya no soy el estudiante que intentaba dominar no solo el balón sino el inglés.
Estoy en Monterrey, sentado en un restaurante, acompañado por mis hijos: Iker, de quince años, y Gabriel, de trece.
Ellos hablan un inglés mejor del que yo tenía entonces y pienso en todo lo que ha cambiado el mundo en apenas una generación.
También creo, con cierta melancolía, en lo poco que parece cambiar el fútbol mexicano.
Aunque esta vez el guion decidió concedernos una tregua.
México ganó 2-0 a Sudáfrica en su debut mundialista.
Exactamente el marcador inverso de aquella pesadilla contra Estados Unidos.
El fútbol, caprichoso y circular, suele escribir sus historias de remontadas o de derrotas en penales.
Pero mientras celebramos los goles, los recuerdos insiste en asomarse por las rendijas.
En 2002, mientras yo buscaba crónicas deportivas en las páginas del Toronto Star, el periódico también narraba las movilizaciones de los macheteros de San Salvador Atenco, que defendían sus tierras frente al proyecto del aeropuerto de Texcoco.
Hoy, durante la inauguración de este Mundial, las calles volvieron a llenarse de manifestantes: maestros, jubilados y madres que buscan a sus hijos desaparecidos.
Otra vez las protestas acompañando la fiesta.
La historia no se repite exactamente; pero se parece e incómoda, conviven la política, la FIFA y el negocio de un deporte que alguna vez fue más inocente.
Los mundiales crecieron hasta convertirse en espectáculos gigantescos, con estadios más caros, transmisiones más lucrativas y una maquinaria que parece alimentarse de la pasión de millones.
Quizá por eso, al terminar el partido, regresó a mi memoria una imagen inesperada.
En una pared del bar “Momentos” había un letrero que decía: “Trust me, you can dance. —Sincerely, Tequila.
”Confía en mí, tú puedes bailar.
Durante años pensé que era solo una ocurrencia de cantina.
Hoy sospecho que también era una definición perfecta del fútbol mexicano.
Nos invita a creer.
Nos convence de que ahora sí llegó nuestro turno, de que esta vez podremos bailar con los grandes y cambiar la historia.
Y por unas horas lo creemos. Después el partido termina, el ruido se apaga y la realidad sigue esperándonos afuera.
Sin embargo, mientras observaba a mis hijos celebrar aquel triunfo, comprendí algo que no entendí en Toronto. Lo importante nunca fue el resultado, sino los momentos que siguen ahí.
No en las calles de Toronto, sino en la memoria.
Porque cuando los reflectores del Mundial se apaguen, cuando las estadísticas se vuelvan polvo y cuando nadie recuerde el marcador de este debut, permanecerán otras cosas: la bandera usada como cobija en una madrugada helada, los abrazos de mis hijos después de un gol.
Al final, eso es lo único que verdaderamente sobrevive al tiempo: esos momentos.