La lluvia caía a fuera del teatro con la insistencia de un tambor de guerra, pero adentro el aire olía a madera, a arena y a una música que parecía viajar desde las entrañas del Medio Oriente.
Me acomodé en la butaca para presenciar «Las Mil y Una Noches», una puesta en escena de los estudiantes de la UDEM bajo la dirección de Luis Guerrero.
El telón se abrió para revelarnos un mundo de luces y una escenografía de encanto, de cuento.
Allí, entre las sombras de la escena, divisé a mi hijo, Iker.
Verlo allí, tan pequeño y a la vez tan inmenso, me hizo pensar en ese lejano Oriente que en este mismo instante se desmorona bajo el peso de la guerra.
Sobre las tablas, Pato, Fernando y Rodrigo —amigos de la generación de mi hijo— se desenvolvían con una habilidad histriónica natural.
Me conmovió verlos tan llenos de vida, de juego, ajenos a la cruel simetría del destino: que más allá del Estrecho de Ormuz, otros jóvenes de su misma edad no visten túnicas de utilería, sino el polvo gris de los escombros.
Mientras en el escenario la risa y el drama eran un ejercicio de libertad, en las tierras de Sherezade la misma juventud se enfrenta a un libreto de supervivencia.
La obra avanzaba y, mientras la joven persa hilaba sus palabras para detener la mano del sultán Shahriar, mi mente traicionera cruzó hacia el norte.
Me imaginé un escenario distinto. Un salón dorado en Mar-a-Lago o la Casa Blanca, donde el «Sultán de Occidente», Donald Trump, se sienta en un trono de certezas absolutas y furia tuitera.
Visualicé a Sherezade entrando en ese despacho, no con dagas, sino con el arma más antigua de la humanidad: la voz.
¿Podría ella, con su cadencia de seda, calmar el ansia de ese sultán moderno?
¿Podría explicarle que el Golfo de Ormuz no es solo una coordenada en un mapa de precios de petróleo, sino el espejo donde se refleja la luna de Bagdad?
Me la imaginé narrándole la historia de la ambición, mostrándole que el desprecio con el que contesta los mensajes de paz del Papa no es más que el eco de su propio miedo.
El Pontífice, como un viejo sabio de los cuentos, lanza palabras de cristal bíblico que rebotan en la armadura de un hombre que confunde la fuerza con la grandeza.
En el escenario, Iker oía los relatos de Simbad sobre pájaros gigantes que cubren el cielo.
En la realidad, esos pájaros son los misiles que surcan el aire, destruyen escuelas y apagan la mirada de niños inocentes.
La guerra hoy no parece una crónica heroica, sino un videojuego perverso donde los drones son píxeles que eliminan vidas reales.
Mientras Trump se burla de la fe y la diplomacia, los niños en el Medio Oriente son los actores de una obra que no eligieron, una tragedia donde el telón no baja, sino que se desploma.
De pronto, el clímax de la función nos arrancó del ensueño.
El sonido de las bombas y los balazos —efectos especiales tan reales que dolían— inundó la sala.
Los actores se derrumbaron sobre las tablas en una coreografía de muerte simulada. El silencio que siguió fue más pesado que la lluvia exterior.
Allí estaban ellos, los estudiantes de la UDEM, recordándonos que la historia de Sherezade ha trascendido el tiempo porque el odio de Shahriar sigue vivo en los líderes actuales.
Sherezade no solo salvó su cuello; obligó al sultán a mirarse en el espejo de sus relatos hasta que él, por fin, se perdonó a sí mismo por su amargura y por las muertes causadas en su ceguera.
Salí del teatro al lado de Iker, bajo una lluvia que ahora parecía un llanto necesario sobre la ciudad.
Me pregunté si el Sultán Trump tendría alguna vez sus propias «mil y una noches».
Si en algún sueño, la voz de una mujer musulmana —esas voces que el mundo intenta callar bajo velos o bombas— podría susurrarle al oído una verdad más fuerte que sus misiles: que el poder sin compasión es solo una tiranía que el tiempo terminará por devorar.
Ojalá el encantamiento de la historia alcance al soberano de Occidente antes de que el sol de mañana traiga un amanecer sin más cuentos que contar.