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Claudia: ¿Extranjera? 

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Por: Red Crucero

Publicado el 23 de mayo de 2026

¿Quién es hoy el verdadero extranjero en México?

¿El funcionario estadounidense que desciende de una Suburban blindada con el gesto de quien viene a corregirnos el destino?

¿El turista que fotografía el Zócalo como si fuera una postal detenida en el tiempo?

¿Los comerciantes chinos y coreanos que han colonizado vitrinas y callejones del Centro Histórico con mares de mercancía pirata?

?O los nuevos habitantes de la Roma, la Condesa o Polanco, que han hecho de esa zona una gentrificación que habla inglés? 

Tal vez el extranjero no camina entre nosotros.

Tal vez habita Palacio Nacional. 

Quizá lo sea ella: Claudia, la mujer que duerme bajo los techos interminables del antiguo poder virreinal, rodeada de símbolos patrios, pero aislada en la intimidad feroz de la política.

Una presidenta acompañada por multitudes y, al mismo tiempo, sola.

Sola frente a un gabinete de lealtades divididas.

Sola frente a un Congreso que a veces parece escucharla con la cortesía con la que se escucha a alguien ajeno.

Sola en el centro mismo del país que gobierna. 

Ese pensamiento comenzó a perseguirme desde temprano, cuando el deber me llevó al corazón de la República. 

Entré por la calle Moneda rumbo a Palacio Nacional para asistir a una reunión organizada por la Secretaria de Hacienda, iba en la representación de CONOCER.

La seguridad era implacable. Policías, filtros, miradas secas.

Mientras avanzaba, observé los vestigios de la antigua Tenochtitlan asomarse bajo la piedra, enterrados a la sombra de la Catedral Metropolitana: la conquista y la resistencia conviviendo, una encima de la otra, como ocurre siempre en este país. 

Dentro de Palacio, entre salones de madera antigua y corredores donde todavía parece respirarse el eco del poder colonial, las agendas internacionales chocaban con la tensión de nuestra realidad.

Claudia recibía a la comitiva estadounidense en un ambiente contenido, casi eléctrico.

Llegaba el secretario de Seguridad de Estados Unidos con la formalidad diplomática de quien exige respuestas por el fentanilo que está devastando a sus jóvenes. 

Y ahí estaba ella. 

Serena, firme, respondiendo que México también sangra.

Recordando las miles de armas ilegales que cruzan diariamente la frontera desde el norte y terminan sembrando masacres en ciudades mexicanas.

Hablaba de soberanía mientras el peso de la presión internacional parecía instalarse sobre los hombros de una sola mujer. 

Cuando salí, el Zócalo era nuevamente ese territorio donde la protesta, el comercio y la sobrevivencia conviven sin pedir permiso. 

Caminé por las calles del Centro Histórico mientras la ciudad desplegaba su viejo espectáculo de contradicciones.  

Entre el humo de los anafres y el griterío de los comerciantes apareció algo curios entre las mercancías: el surrealismo de ver el rostro de García Harfuch, el encargado de la seguridad, estampado como un rockstar en toallas, colchas y manteles. 

La tarde se fue apagando lentamente sobre la ciudad. 

Después de horas de cubrir reuniones, regresé a mi rutina más silenciosa: volver a casa. 

Ya de noche, abrí la puerta del edificio.

Subí las escaleras.

Entré a mi departamento y, la mano encontró el interruptor casi por memoria.

La luz reveló el mismo comedor vacío, donde casi nunca me siento a cenar. 

Entonces llegó la soledad. 

Pensé en mi familia.

En mis tierras norteñas. En el Cerro de la Silla dibujando el horizonte de Monterrey como un guardián inmóvil de mi infancia.

Y comprendí algo incómodo: en esta inmensa Ciudad de México, rodeado de millones de personas, a veces me siento extranjero en mi propio hogar. 

Entonces volví a pensar en Claudia. 

Ella en Palacio Nacional; yo en mi departamento de la Nápoles. 

«Soledades distintas”. 

Porque el poder también aísla. 

Al final, en este México de contrastes insalvables, gobernantes y gobernados compartimos la misma íntima sospecha: la de ser extranjeros en nuestra propia tierra.

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