El autor es experto en generaciones y cultura de la frontera entre México y Estados Unidos
Imagina prepararte para ir a la escuela sabiendo que, antes de la primera clase, tienes que entrar a otro país.
Tu casa está en México. Tu salón de clases, en Estados Unidos. Además de la mochila y la tarea, necesitas los documentos que te permiten cruzar la frontera.
Para algunos niños de las comunidades fronterizas, así comienza un día de escuela. Unos viajan en automóvil con sus padres. Otros cruzan a pie y continúan su camino del lado estadounidense. Son estudiantes que viven en México y asisten a la escuela en Estados Unidos.
Su experiencia plantea una pregunta que merece más atención: ¿qué significa crecer cuando la casa y la escuela están en países distintos?
Seis ciudades y tres caminos hacia la escuela
Tijuana y San Diego: estudiar al otro lado de la frontera
Cerca de la costa del Pacífico, Tijuana, Baja California, y San Diego, California, comparten una región de intensa actividad fronteriza. San Ysidro, una comunidad de San Diego, se encuentra junto al límite internacional.
Los desplazamientos por motivos educativos tienen un peso considerable en esta zona. En septiembre de 2026, El Colegio de la Frontera Norte presentó resultados basados en el Censo de Población y Vivienda de 2020: alrededor de 7,000 estudiantes que vivían en Tijuana cruzaban diariamente para estudiar en Estados Unidos.
La cifra incluye distintos niveles educativos, no solo niños en edad escolar. Los investigadores también señalaron que la mayoría dedicaba entre dos y tres horas diarias a sus traslados.[1]
Mexicali y Calexico: dos culturas en la vida escolar
Más hacia el interior, Mexicali, Baja California, y Calexico, California, se encuentran frente a frente. Mexicali es la capital de Baja California; Calexico forma parte del Valle Imperial, en California.
Aquí, las historias de las escuelas permiten comprender la vida cotidiana detrás de las cifras. Un reportaje de 2026 sobre Our Lady of Guadalupe Academy, en Calexico, describió la graduación de 63 alumnos de octavo grado. Casi todos vivían en Mexicali y cruzaban diariamente para asistir a clases.
La enseñanza se impartía en inglés, mientras que las celebraciones escolares incluían la Independencia de México y el Día de Muertos.[2]
Matamoros y Brownsville: una conexión educativa junto al río
Cerca del golfo de México, Matamoros, Tamaulipas, y Brownsville, Texas, se ubican en orillas opuestas del río Bravo, conocido como Rio Grande en Estados Unidos. Sus puentes internacionales conectan ambas ciudades.
La educación forma parte de ese vínculo. Saint Joseph Academy, en Brownsville, incluye expresamente a Matamoros entre las comunidades a las que atiende.[3]
Este corredor también merece un lugar en la conversación sobre la infancia fronteriza, junto con los cruces más conocidos de California. Un niño que despierta en Matamoros y asiste a la escuela en Brownsville conecta, cada día, la vida familiar mexicana con la educación estadounidense.
Estos tres corredores ilustran la experiencia. No constituyen una clasificación por número de estudiantes ni representan a todas las comunidades donde ocurre.
La Generación Contemplativa y la Homeland Generation
Del lado mexicano, analizo a este grupo desde la Generación Contemplativa, término que acuñé en 2014 como parte de mi trabajo sobre las generaciones hispanohablantes. Lo presento aquí como mi propio marco de análisis.
Del lado estadounidense, recurro a la Homeland Generation, la generación más joven dentro del modelo de generaciones estadounidenses de Neil Howe. Howe desarrolló el concepto generacional y presentó el nombre mediante su trabajo en LifeCourse Associates. Según explica, la denominación fue seleccionada en un concurso de nombres por internet en 2006.
Su análisis examina una infancia marcada por la preocupación por la seguridad, la incertidumbre económica y una crianza cada vez más protectora. Esta perspectiva sobre la generación estadounidense proviene del trabajo de Howe y se le reconoce expresamente.[4]
¿Qué sucede cuando los niños de la Generación Contemplativa de México crecen junto a sus compañeros estadounidenses de la Homeland Generation?
Para quienes cruzan la frontera para estudiar, ese encuentro ocurre en el salón de clases, en el patio y durante el regreso a casa. Las rutinas familiares de México conviven con las expectativas de una escuela estadounidense. Las amistades, el idioma y las celebraciones pueden unir ambos entornos, aun cuando sus reglas y formas de entender el mundo sean diferentes.
Crecer entre México y Estados Unidos
Sería fácil describir a estos niños simplemente como bilingües. Pero el idioma cuenta solo una parte de su historia.
Pensemos en lo que exige su recorrido escolar: organizarse alrededor del cruce, llevar documentos y reservar tiempo para posibles demoras. Antes de llegar al salón, ya han pasado por una frontera internacional. En Tijuana, los tiempos de traslado documentados por los investigadores hacen especialmente visible ese esfuerzo.[1]
También está la pregunta por la pertenencia. ¿Se siente un niño igualmente en casa en ambos lugares? ¿Cambia esa sensación con la edad? Cuando las expectativas son distintas, ¿cuáles le resultan familiares y cuáles necesitan una explicación?
Conviene hacer estas preguntas antes de dar por sentadas las respuestas. Cruzar la frontera no produce la misma identidad, personalidad ni oportunidades en todos los niños. Tampoco podemos atribuir cada diferencia entre compañeros mexicanos y estadounidenses a sus generaciones. Las circunstancias familiares, el ambiente escolar y las experiencias individuales también cuentan.
El encuentro generacional que propongo es un tema para investigar. Compartir años formativos ofrece un punto de partida; escuchar las experiencias de los propios niños debe ayudarnos a comprender lo que ocurre después.
La cultura fronteriza comienza también en el camino a clases
Para entender esta parte de la cultura de la frontera entre México y Estados Unidos, necesitamos prestar atención a los niños cuya vida cotidiana conecta a los dos países.
Sus historias pueden mostrarnos el costo práctico de las decisiones educativas, el esfuerzo de las familias para sostenerlas y las relaciones que los niños construyen en el camino. Los padres y los maestros tienen mucho que aportar. Los estudiantes también.
Para un niño que viaja de Mexicali a Calexico, de Tijuana a San Diego o de Matamoros a Brownsville, la frontera forma parte del camino a clases.
Comprender lo que significa ese recorrido es un buen lugar para comenzar la conversación.




















