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Iker, Will… y un tal Rocha 

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Por: Red Crucero

Publicado el 7 de mayo de 2026

El cielo sobre la playa de Miramar cambió de golpe y, el viento del Norte llegaba con esa fuerza que en Tampico todos reconocen sin necesidad de palabras.

Entre las ráfagas caminaban Iker y Will: dos adolescentes avanzando contra el viento y contra las diferencias de sus propios mundos.

Iker, mi hijo, moreno, larguirucho y de risa fácil; Will, llegado desde Albuquerque, de piel clara y mirada curiosa, intentando descifrar este país donde todo parece exagerado: la música, los colores, la comida, las tragedias y también la alegría. 

El intercambio académico entre la UDEM y la Bosque School los había reunido ahí, en esa costa donde el viento obliga a caminar cerca del otro para no perder el equilibrio.

Y quizá eso era también la amistad: una manera de sostenerse cuando el mundo sopla demasiado fuerte. 

Pero mientras el Norte despeinaba a los adolescentes y llenaba de sal el aire, otro Norte, más frío y feroz, descendía desde Washington.

No venía cargado de lluvia ni arena, sino de expedientes, acusaciones y amenazas.

La noticia corría por todo el país como pólvora húmeda: el gobierno de Estados Unidos lanzaba una ofensiva contra Rubén Rocha.

Lo que para los pescadores era apenas un cambio de marea, para el gobernador sinaloense era el inicio del naufragio. 

Desde el Norte —ese Norte que no conoce la poesía, sino la geopolítica— el imperio reclamaba cuentas por presuntos vínculos con el narcotráfico.

El rugido de la justicia estadounidense golpeaba Palacio Nacional. Y mientras la Presidenta levantaba discursos como escudos de papel, la presión crecía. Trump, siempre hambriento de espectáculo y poder, exigía extradiciones como quien colecciona trofeos de caza. 

Iker y Will se detuvieron frente al mar embravecido.

Iker le explicaba, gritando para vencer el viento, que México es exactamente eso: un lugar donde la belleza y el peligro respiran el mismo aire. 

Entre ellos no importaban demasiado las banderas ni el idioma. La amistad operaba como un lenguaje secreto. Uno hecho de bromas simples, canciones compartidas y conversaciones que no pretenden resolver el mundo. En sus risas, los tres mil kilómetros de frontera desaparecían sobre la arena húmeda. 

Y pensé entonces en la extraña fragilidad de la política. Porque mientras los gobiernos levantan muros, fabrican enemigos y convierten la diplomacia en un campo de batalla, dos adolescentes podían entenderse con una facilidad casi insultante.

Sin discursos. Sin tratados. Sin conferencias mañaneras ni ruedas de prensa en Washington. 

Después regresamos al Centro Histórico, al downtown de Tampico, donde la ciudad parecía protegerse del viento bajo sus edificios antiguos.

En la Plaza de Armas, la Banda Municipal comenzó a tocar bajo el kiosco.

Primero llegó la solemnidad del Himno Nacional; luego, la nostalgia de un pasodoble que parecía viajar desde algún rincón de España.

Y de pronto, como una caricia inesperada, el aire se llenó con las notas de Cinema Paradiso, de Ennio Morricone. La música hizo lo que la política jamás consigue: reconciliar el instante. 

Frente a la Catedral y el Palacio Municipal, Iker y Will se miraron solo escuchando las melodías, en ese momento el ruido del mundo quedó lejos. Muy lejos.

No sé si Rocha es culpable. No sé si las fronteras son necesarias o si son apenas cicatrices que aprendimos a normalizar. Lo único que sé es lo que vi ese día en Tampico: el Norte de la política desatando tormentas… y el Norte de la amistad apagándolas. 

Porque al final, desde Albuquerque hasta Monterrey, desde Miramar hasta cualquier frontera, somos una sola América hecha de encuentros fugaces, de jóvenes que todavía creen en el otro, de mares que nunca dejan de renovarse. Los políticos pasan. Los discursos envejecen. Los escándalos cambian de nombre. 

Pero la amistad —como el mar bajo el viento del Norte— siempre vuelve. 

 

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