Una luz… y de pronto, la vela se apagó.
Como un suspiro que se apaga sin pedir permiso.
Y por un instante, el mundo pareció quedarse a oscuras.
Pero la vida —caprichosa— sabe contradecir la tristeza.
Abrí la ventanilla del avión y ahí estaba otra vez: la luz, intacta, hiriente y hermosa, derramándose sobre un océano de nubes.
Esa claridad que desde lo alto parece eterna.
Ahí, suspendido entre el cielo y la incredulidad, leí el mensaje de Javier —tu amigo, tu hermano, ese hijo que elegiste en la vida—.
Un “buenos días” que traía consigo la noticia que nadie quiere sostener entre las manos.
Y entonces entendí: José Luz… Pepe Luz… no te apagaste. Te transformaste.
Te hiciste luz de otra manera.
Me gusta pensar que ahora vuelas ligero, sin el peso del cuerpo, ni del dolor, y que a veces te escondes entre las nubes, apenas visible, como jugando a que te encontremos, a las escondidas: una, dos tres por ti… Pepe Luz.
Dicen que el alma libre puede estar en muchos sitios a la vez.
Te imagino así: multiplicándote en abrazos invisibles para tus hijos, deteniéndote con dulzura junto a Lupita —tu compañera, tu fortaleza, tu cómplice, tu todo—, que resistió contigo cada batalla, día y noche en el hospital y aunque no tenía el dolor de tu cáncer en todo tu cuerpo, sentía ese inmenso dolor en su alma al saber que te ibas para siempre.
Fuiste incansable, Pepe.
Un hombre de los que no se rinden.
Aquel 2 de abril la última ves que te vi lo supe: tu cuerpo ya era frágil, casi transparente, pero tu mirada seguía firme, reconociéndonos, aferrado a la vida con una dignidad que no se aprende.
¡Que te vaya bonito, amigo! A donde sea que te lleve este nuevo vuelo.
Te conocí como diputado, pero fuiste más empresario que político, más de acción que de palabras…
¡Cuántas noches se nos hicieron cortas entre copas y anécdotas!
Podíamos devorar las horas hasta que la luz del nuevo día nos sorprendía, y mientras otros buscaban la almohada, tú te ponías el traje de la disciplina para ser el primero en el Congreso.
¿Qué nos queda ahora? Nos queda tu mirada flotando en los recuerdos, el polvo del rancho al amanecer, los ecos de tu voz en el Congreso, y el amor profundo de aquella madre que te nombró Luz… sin saber que algún día su palabra sería destino.
Hoy ella te despide viendo cómo su luz se eleva y se vuelve estrella.
Descansa, Pepe. Aquí, en la tierra, seguiremos cuidando lo que sembraste: ese amor feroz por la vida. Y cuando el rocío toque las montañas al amanecer, cuando la luz caiga suave sobre los campos, sabremos que eres tú, regresando en silencio, para recordarnos que hay fuegos que ni la muerte puede apagar. Adiós, amigo.
Adiós, Pepe Luz.