Antes de que el tren partiera colocabamos monedas sobre los rieles, luego nos sentábamos en las bancas de la estación a ver la llegada y partida de los pasajeros.
Los agentes checaban los boletos en el andén, justo en la entrada de los carros de pasajeros.
Mientras en las ventanas los viajeros que iban de paso asomaban su rostro de miradas furtivas.
Éramos niños todo nos divertía.
A lo largo del andén mi abuelita Joaquína caminaba de un lado a otro, ofreciendo de ventana en ventana lonches de cabrito y tacos de harina con guisos distintos.
Su cocinar comenzaba al amanecer y los olores de su arte culinario inundaban el barrio, llevando la noticia de su delicioso sazón.
Para nosotros acompañarla a la estación era una viaje a la alegría, para ella, ahora lo sé, era un día de trabajo, de buscar el sustento para la familia.
Ella era la Mamá grande.
En esos tiempos las parejas llegaban jóvenes al matrimonio y sin empleo en una zona rural pobre, los varones se iban de braceros a trabajar en «el otro lado».
Un día recorrí el monte con ella para desenraizar quelite para la comida, en la.peor ola de pobreza que ha llegado a mi vida.
Recuerdo sus ojos de párpados grandes, sus días incansables, la ausencia de quejas, su amor de mamá grande.
No se lleva el olvido, el regreso al jacal con un moneda aplastada, de esas qué nos lanzaban los gringos, en una mano y en la otra la mano abrigadora de Mamá Quina, Mamá Grande.
A Joaquína Rodriguez, hasta el cielo.