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Un puño de tierra

Imagen de Por:  Red Crucero

Por: Red Crucero

Publicado el 2 de noviembre de 2026

Siempre la recuerdo con un gran humor, de una enorme sonrisa con sus dientes blancos que parecían salirse de su boca generosa.

Después de más de cincuenta años, caí en cuenta de que jamás le había regalado flores.

Hoy, primero de noviembre, día de su cumpleaños, decidí enmendarlo.

Iba camino a su morada, con la extraña sensación de que hacía treinta y tres años no la había visto.

El trayecto se tornó un caos.

El tráfico avanzaba aletargado y, casi al llegar, me di cuenta que, no llevaba nada para brindar con ella en su aniversario.

Me detuve en cinco Oxxos consecutivos, pero en ninguno encontraba la cerveza que le gustaba: “Carta Blanca “. 

Por fin, en un Super 7, la encontré.

Estaba al tiempo, pero me lo llevé sin dudar.

No sé si, después de tanto tiempo, ella notaría la diferencia entre una cerveza fría o una tibia.

Por supuesto, llegué tarde, rozando las diez de la mañana.

Las calles estaban cerradas, aunque fuera domingo; el tránsito de la ciudad había decidido que era más fácil abrirle el paso a la gente que a los automóviles. 

Era el primero de noviembre: el día de los santos. 

Después de caminar más de dos kilómetros entre puestos improvisados de comida y de flores, llegué a la altura de la pasillo 19.

No lo recordaba así.

Todo lucía distinto, abrumado por una marea de gente y pasillos tan estrechos que por un instante pensé en dar media vuelta, inventar que me había perdido y regresar a casa.

Al fin y al cabo, tantos años de distancia…

En ese momento timbró mi celular.

Era mi hermana Paulita, la única que había respondido a la cita para su celebración. —¿Vas a venir o no? —me preguntó. —Ya voy, estoy a unos pasos. 

Eso me dio el empujón que necesitaba, aunque no sabía si en el fondo temía llegar porque los años pesan, o porque sentía que en mis ojos ya se estaba fraguando un mar.

A la llegar me encontré con Paulita.

La abracé y le entregué las Carta Blanca, sugiriendo que abriéramos unas para calentar motores, aunque fueran para nuestra madre.

Al principio se negó; argumentaba que era muy temprano y que ni siquiera había desayunado.

Le dije que en otra parte del mundo ya era de noche, que solo diéramos un trago y brindáramos porque seguíamos vivos en este primero de noviembre, víspera del 2 de noviembre la gran fiesta de los muertos.

Abrimos las cervezas y brindamos. 

Ella reparó en la torpeza de mis manos, pues en la otra sostenía un ramo de flores coronado por un  girasol. —¿Por qué el girasol? —me preguntó. 

Y su pregunta se convirtió en espejo. Por primera vez en más de cincuenta años, me cuestionaba yo; por qué nunca le había regalado flores a mi madre.

Sin que nadie los hubiera pedido, aparecieron de la nada unos músicos, una pequeña banda como de serenata ambulante: un acordeón, una guitarra y una trompeta, que comenzó a entonar una melodía bajo el cielo gris de esa mañana. 

Fue entonces inevitable: una primera gota de agua salada se escapó de mis ojos.

Le dimos un trago a la cerveza y, con un gesto íntimo, dejé caer a propósito un chorro sobre la tierra húmeda que pisábamos.

Paulita sonrió con ternura y me soltó una broma: —¿Qué va a decir mamá de verte tan alegre desde la mañana?

Pero yo no andaba alegre; cargaba una tristeza honda para celebrar el natalicio de doña Julia.

Y justo antes de que se desatara una tormenta detrás de mis párpados al escuchar las notas de los músicos —mientras comprendía, con el peso de los años, que esta era la primera vez que le traía flores—, me agaché despacio, vertí el resto de mi cerveza sobre la tierra de su tumba y deposité el ramo junto a la lápida.

Dimos media vuelta mi hermana Paulita y yo, alejándonos despacio mientras la música se apagaba a lo lejos y el eco de la canción nos acompañaba los pasos: Lo que pasó en este mundo/ Nomás el recuerdo queda/Ya muerto voy a llevarme/Nomás un puño de tierra”

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