El objetivo de la diplomacia en el mundo es gestionar intercambios económicos, culturales y políticos entre los Estados nacionales, con el fin de preservar la paz mundial y el progreso de las naciones.
La ideología política que identifica a los gobiernos debe ser respetada en las visitas que los políticos realizan a otras naciones, o al menos debe privilegiarse el diálogo constructivo para mejorar los lazos de amistad; especialmente entre dos países que tienen una historia común, como México y España.
La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a México debía ser un acto de acercamiento institucional: promover inversiones, estrechar lazos culturales y tender puentes entre dos regiones con una historia compartida. Sin embargo, lo que ocurrió en suelo mexicano fue exactamente lo contrario.
En un encuentro con empresarios y simpatizantes, Ayuso lanzó una afirmación que encendió algunas alertas diplomáticas: «México existe a partir de la llegada de los españoles».
En estricto sentido, la declaración no carece de base histórica, ya que el México actual como nación mestiza tiene su origen en la Conquista.
Pero antes de los españoles, en el territorio que ahora es México, habitaban pueblos originarios con civilizaciones complejas.
No olvidemos que los aztecas o mexicas capturaban personas de otras culturas y las sacrificaban a su dios Huitzilopochtli, además de ser odiados por los altos tributos que exigían.
Pero no era necesario venir a nuestro país para provocar una discusión innecesaria y provocadora.
En este, como en otros casos, la ideología política desplazó a la diplomacia.
Con ello se perdió una oportunidad para fortalecer las relaciones bilaterales entre ambos países, porque lo que debió ser un intercambio pragmático entre gobiernos se convirtió en un campo de batalla ideológico.
Ninguna de las dos mujeres actuó con la prudencia que exige la política exterior.
La española debió saber que una declaración así no es un dato histórico neutral, sino una provocación ideológica destinada a su electorado madrileño, en lugar de ocuparse en construir puentes con el país anfitrión.
Pero la presidenta mexicana, en lugar de restar importancia a la frase o corregirla con un tono institucional frío, optó por elevar el reproche en la tradicional conferencia «mañanera».
Así, lo que pudo ser solo una anécdota desafortunada, terminó en una discusión ruidosa pero de mínima trascendencia para ambas naciones, ello obligó a Díaz Ayuso a adelantar su regreso a la Madre Patria.
En lugar de hablar de inversiones, turismo o cooperación cultural, ambas políticas dedicaron sus energías a dirimir quién tiene la memoria histórica más legítima.
Fue así como la diplomacia quedó secuestrada por la ideología.
Y el perdedor, como suele ocurrir en estos casos, fue el diálogo respetuoso.
La política exterior no se mide en aplausos, sino en puentes que se construyen o se queman.
Lo ocurrido en México no fue un debate histórico; fue un espectáculo con dos protagonistas que olvidaron que la grandeza de una nación no reside en imponer su relato, sino en saber dialogar con los relatos ajenos.
Ojalá que ambas líderes puedan reconocer que la historia no se posee, se hereda; y que el futuro de México y España no se juega en el siglo XVI, sino en las decisiones que tomen hoy sus gobernantes.