En una entrevista, el periodista Carlos Loret de Mola señaló que en México tenemos dos presidentas; la de la mañanera, que es un símil del expresidente López Obrador, y la del resto del día, que es cuando se dedica a reparar todos los errores y excesos que le heredó el inquilino de “La Chingada”, rancho ubicado en Palenque, Chiapas.
Dos Claudias diferentes; una elogia al exmandatario, la otra asume el control del gobierno…
Ya abandonó la política de abrazos, no balazos y está logrando controlar, en primer lugar, el gabinete con perfiles acordes a su personalidad y estilo de gobierno.
Actualmente está reestructurando el partido político de Morena, a fin de colocar en las candidaturas importantes a personas afines a ella.
La Claudia de la mañanera es dócil, la del resto del día busca enmendar las malas prácticas del sexenio anterior, como el megafraude en SEGALMEX, de más de 15 mil millones de pesos. Por cierto, la presidenta ya ordenó su extinción al pasar sus funciones a DICONSA.
Ha combatido con fuerza el terrible fraude fiscal del huachicol, encarcelando a sus principales operadores.
Trata de remediar la refinería Dos Bocas, que cuando no se incendia se inunda y le dará más capacidad al aeropuerto AIFA, con la operación del tren suburbano, que ayudará a darle fluidez a los traslados desde la Ciudad de México.
Se nota que la Presidenta está ya tomando el control del gobierno, sin embargo, en ese viraje podría estar conduciendo su gobierno a un modelo autoritario y a un gobierno de un solo partido.
Debiera abrir más espacios a la democracia, fortaleciendo las instituciones que tanto nos han costado de formar como sociedad, en lugar de tomar el control de ellas.
Es de esperarse que fortalezca los mecanismos de control para fomentar la llegada de nuevas inversiones que reforzaran la maltrecha economía del país.
La presidenta tiene ante sí una oportunidad que pocos mandatarios han tenido; se trata de la posibilidad de corregir sin cargar con la culpa de haber creado el desastre.
Pero para eso tendrá que decidir, de una vez por todas, qué presidenta quiere ser.
La dócil o la enérgica.
La que aplaude a su antecesor o la que repara su herencia.
La que concentra el poder o la que fortalece las instituciones.
El tiempo de las dos Claudias se debe acabar pronto, porque los mexicanos elegimos solo a una.